jueves, 6 de septiembre de 2012

Olor a tinta


Cada Septiembre, casi como un ladrón sigiloso, me asalta uno de los mejores recuerdos de mi infancia. Empezando el mes acompañaba a mi padre a la librería del colegio donde me compraba los libros para el nuevo curso que comezaba. Junto a una sonrisa, algunas palabras de ánimo y algún que otro regaliz rojo, el Hermano Andrés  y, con el paso de los años, el Hermano Adolfo,  iban metiendo en bolsas blancas uno tras otro los libros que iba a utilizar ese año.

La rutina, mejor dicho, la liturgia que seguía a esta compra siempre era la misma.  Llegaba a casa, me sentaba en mi escritorio y, uno a uno, ojeaba esos libros. Leía títulos, echaba un vistazo a las actividades, a los textos que encabezaban cada tema, todo ello envuelto, casi arropado, por el olor a tinta que esos libros desprendían.


Era consciente del esfuerzo, trabajo y constancia que esos libros supondrían pero, a la vez, ese olor a tinta me acercaba las risas con los compañeros de clase, el ir y venir de casa al colegio y del colegio a casa acompañado por mis amigos y mi infatigable abuelo y, junto con ese olor a tinta se colaba en mi interior la certeza de que, una vez más, ese año aprendería muchas cosas que no aparecían en esos libros recién estrenados y que hacía míos escribiendo, lentamente y con cuidada caligrafía, mi nombre en la primera página.

Ya hace mucho tiempo de eso. Ya no camino de la mano de mi padre a comprar libros ni abre el curso la sonrisa del Hermano Adolfo pero, al reencontrarme con mi grupo, en las reuniones de trabajo planificando actividades, en las reuniones con los chicos y chicas que me cuentan sus planes para este nuevo curso, en los mails que llegan anunciando reuniones... en todo ello se mezcla la misma ilusión, la entrega, el esfuerzo, la constancia y, si afino el olfato, alcanzo a reconocer en cada una de estas realidades ese familiar olor a tinta.

1 comentario:

  1. Para mí también es familiar esa experiencia que narras, aunque últimamente con los libros de texto por estrenar, experimento otro sentimiento: me da un poco de rabia el ventajismo de las editoriales de todo signo que, casi matemáticamente, cambian las ediciones de sus libros apenas cada cuatro años, haciendo cada vez más difícil que los libros se puedan heredar entre hermanos, compañeros o amigos.
    Un abrazo.

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