miércoles, 6 de febrero de 2013

De la mano de mi abuelo



Cada febrero es lo mismo. Apenas me doy cuenta de que ha llegado cuando casi se está yendo. Este mes travieso, que se pinta dos coloretes por carnaval y se viste de blanco y verde justo antes de la despedida.
Un mes cortito, travieso, que juega al despiste quedándose, de vez en cuando, un día más entre nosotros. Un mes cargado no de recuerdos sino, más bien de sensaciones, de emociones, de vivencias que guardo conmigo gracias al haber  tenido en mi infancia a la persona que me supo abrir los ojos a la vida de mi pueblo.


Llegando febrero la calle Palomar, se transformaba (y lo sigue haciendo). Los vecinos se dedicaban a reunir leña, muebles viejos, ramas de olivo etc., para que, el día de la Candelaria todo el que quisiera se reuniera en torno de una gran hoguera.  Este fuego era testigo de historias contadas por los más mayores, cancioncillas que alguien empezaba a tararear y los demás, como por ensalmo, se unían a la melodía. Este fuego veía como los hombres y mujeres trabajadores se divertían lanzándose unos a otros un botijo de barro y cómo estallaban en carcajadas cuando alguien lo dejaba caer y los chicos nos lanzábamos a recoger las golosinas que escondía en su interior. Y cuando el humo de los rescoldos indicaba que ya era hora de regresar a casa volvía a coger la mano de mi abuelo que, sin decir nada, había estado ahí, conmigo, dejando que me empapara  de lo que ha sido, es y será el verdadero ser de mi pueblo.  

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